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Como esa vez que me creí Skato


Ya ni recuerdo cuántos años tenía. Tal vez 9. Llegaron los Reyes y en el arbolito había una patineta y un set de protección: casco, rodilleras y toda la onda. Era una Blind y el casco tenía llamas, sigue siendo lo más cool que alguna vez tuve. Mi hermana andaba con un “chavo” como 8 años más grande que ella, y ese “chavo” patinaba. Fue idea de ellos regalarme la tabla. También su novio me intentó enseñar a patinar, pero el temor a caer siempre estuvo en mí. Pronto yo y mis amigos usábamos la tabla como avalancha, aventándonos desde una bajada en la calle una y otra vez, a veces hasta hechando carreritas con otros niños en bicis, avalanchas o pedazos de plástico. Siempre ganábamos, la patineta era la más rápida, perdí muchos tenis en ella, pues teníamos que pisar fuerte y arrastrar las suelas sobre el pavimento para poder frenar.


Nunca fuí skato, ni darks, ni emo, ni nada realmente. Podría decirse que no tuve identidad tribal/cultural, o quizá mi identidad estaba en otro lado. Sin embargo siempre amé la idea de patinar, de ir a las calles y hacer trucos, no tenerle miedo a los tubos ni a los huesos rotos. En la patineta había una cultura fascinante, del chico/chica que no quería estudiar, el “vago” que se la pasaba en la calle, el punk con ideales utópicos, pseudo lector de la teoría Marxista, quizá.


No fue hasta que cumplí 16 años, en una fiesta organizada por mi compa el Gerardo, ahí en su casa, a pocas cuadras de la mía, que conocí a Laura y tuve que elevar al grado de mito mis habilidades con las ruedas. Era la primer persona que vi tatuada: cuatro rectángulos en tinta negra y “WASTED” escrito con letras góticas. En ese entonces todos mis amigos eran tetos, yo era el más teto de todos, el rey teto. Pero Laura era la mejor amiga de la prima de Gerardo, y estaba en esa pequeña fiesta, donde apenas había suficiente alcohol para todos, y extrañamente, o supongo que es algo que todos los skaters hacen, ella llevaba su tabla, la traía en su mochila, una Blind, con el mismo diseño que la mía.


Nunca fui alguien tímido, nunca me costó trabajo hablar con chicas, pero Laura iba con otros dos amigos, de pelo largo y jeans rotos, con perforaciones en la cara y playeras de bandas punk que en mi vida había escuchado, uno de ellos se la pasaba agarrandole las nalgas a Laura; ¿Era su novio? Yo platicaba con un Gerardo muy pedo, pero mis ojos siempre seguían a Laura y su grupo. De pronto los tres salieron de la fiesta, y al creer que nunca más la iba a ver tuve que seguirlos. Al salir me di cuenta que sólo salieron a fumar y a ver como Laura patinaba. Me acerqué a ver y uno de los chicos me preguntó si me latía el skate.


–Sí me late, ahí un dos tres.


–Cámara, si te ves bien fresa– Contestó Laura mientras le dió una patada a la patineta en el piso para levantarla y cojerla en el aire. –Seguro te mama Belinda


–Nel, escucho puro punk, al chile.


–¿Y que te viste tu jefa o qué?– Me dijo el pendejo que se andaba toqueteando a Laura.


Se rieron de mí, pero miré a Laura y señalé su tatuaje.